Nuca
Jimenez, Reynaldo
En estos textos el pensamiento es una irrupción -no un desarrollo premeditado, no un bajar de líneas-, un deambular entre los meandros de una lengua a la espera del deslumbramiento, del chispazo espontáneo fuera de toda norma o expectativa. Se piensa y al mismo tiempo se descree del pensamiento, de su manía coherentizadora y descifrable. Se piensa también por acumulación y asoc...
Sinopsis
En estos textos el pensamiento es una irrupción -no un desarrollo premeditado, no un bajar de líneas-, un deambular entre los meandros de una lengua a la espera del deslumbramiento, del chispazo espontáneo fuera de toda norma o expectativa. Se piensa y al mismo tiempo se descree del pensamiento, de su manía coherentizadora y descifrable. Se piensa también por acumulación y asociación de pequeños instantes (experiencias/sensaciones/matices) sugeridos por la materia del propio texto.
Contra la retórica de los especialistas, Reynaldo Jiménez ensaya una escritura de lo tentativo e inocente: la danza, lo informe, una pintura de Fra Angelico, una aproximación a José María Eguren, etc. «Si hay algo que se fuga de continuo», escribe, «eso es el sentido», una especie de desvío que provoca la percepción oblicua del objeto (si es que hay objeto), una intuición más que un conocimiento dado, en términos estrictos. Y quizás, como producto de este desfase, Jiménez parece hilarlo todo con precisión, con un rigor que supera la comprensión lógica-causal para rozar el jeroglífico, el canto, la plegaria, la écfrasis -no descriptiva sino sensible y tonal-, los movimientos respiratorios de cada frase.
Si las nociones más clásicas sobre el ensayo -desde Montaigne a Lezama Lima- sugieren un modo de la escritura devenida en pensamiento -no como producto, remanente o medio, sino como materia textual-, aquí el gesto se radicaliza y se convierte en una especie de encantamiento, una pulsión magnética imposible de categorizar. Se trata, en todo caso, de una percepción sin centro ni continuidad, de una aprehensión por medio de la resonancia entre entidades y cierta temperatura estética-emocional. Se trata, también, de una escritura política -en tanto descrédito de los autoritarismos reguladores de la percepción: «el Estado, la Gramática, el Habla Local y sus arreglos, la Función, el Código»- pero sobre todo devocional, en la que la inocencia y la inseguridad se abren a las posibilidades de lo sensible.
Se diría, entonces, que la radicalidad de esta escritura no opera en sus procedimientos sino en su colocación, en cierta desconfianza hacia lo domesticable y establecido -«sólo la tolerancia ante lo inconfirmable permite andar percibiendo en las formas lo fulminante informe», dice-, una postura que deviene en trance, en éxtasis, en cierta afectación derivada del lenguaje mismo.
José Ojara
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